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CAÑAGUATES Y CEREZOS (CONTINUACIÓN)

26 Jul

Las salas de cine, con sus ostentosos  nombres de” Teatro” y “Salón”,  no eran más que un espacio descubierto con bancas de madera para varias personas, según se pagara la boleta de palco, luneta o galería. Esta última, con el precio de entrada más bajo, en pocos centavos, y con un “selecto” auditorio que protestaba a  voz en cuello. A veces con vulgaridades irrepetibles si el malo sacaba alguna ventaja o tomaba un atajo diferente al que la gente esperaba. O cuando no podían entender por qué  si en los cortos éste lanzaba a la joven protagonista por un abismo, en la película ella aparecía sonriente y fresca como si nada.
El telón de fondo, donde se proyectaba la película,  era una sábana grande; más tarde, una pared blanca de cemento. Cerca de ésta, un parlante sobre una silla de madera.
El que no pudo ir la noche anterior a cine, se informaba por sus vecinos de los sucesos más importantes: que si Jorge Negrete besó a Gloria Marín; que si la Lupe se fue del rancho o qué le pasó a Tarzán  cuando el malvado nazi de la guardia de Hitler le disparó al bejuco en que viajaba por la selva.
De todas las películas las preferidas eran las mejicanas, por sus romances, canciones, castigos para los malos y el inevitable final feliz. Algunas pocas  películas americanas, anunciadas en rústicos cuadros de madera en las esquinas principales, se garantizaban como muy buenas por la duración de sus “treinta y un kilométricos rollos” puños, tiros… o las de capa y espada.
Después de las 10 de la noche, cuando terminaba el cine, se cortaba la luz y los pocos noctámbulos tenían que alumbrarse con sus linternas de mano. El generador eléctrico era una plantica sueca muy eficiente a la que los operarios que se turnaban en su manejo se referían como la mejor del mundo.
Mientras la vida del Pueblo transcurría en su monotonía  diaria, el mundo lejano sufría los horrores de la Segunda Guerra Mundial que se hallaba en su apogeo. Aquí cada una de las partes beligerantes tenía sus seguidores que se enteraban de los sucesos por los dos radios que había en la plaza o por los periódicos que llegaban de vez en cuando. Un distinguido Odontólogo alemán aclimatado en el Valle después de varios años, por un grave altibajo de la Guerra desfavorable a su país, se suicidó mientras atendía una de sus pacientes.
Para “resguardar la integridad ciudadana”  se trasladó todo un batallón, el Bomboná, a las instalaciones del Hospital Rosario Pumarejo de López que para entonces no tenía mucha  afluencia de pacientes, ni dotación adecuada ni personal médico calificado. En una sala apartada  del Hospital se prestaba atención  como curaciones, aplicación de inyecciones y cuidados de convalecencia a los obreros que trabajaban  en la carretera Valledupar-Fundación, en su mayoría indígenas guajiros. El comandante del Batallón era un mayor muy conocido, famoso por su mal genio.
También vino de Bogotá un grupo de la Policía Nacional a fin de investigar antecedentes como espías alemanes  entre los  muy honorables y trabajadores ciudadanos de esa nacionalidad establecidos con sus familias  en Pueblo Bello hacía muchos años. La psicosis de guerra era tal en esos días, trasmitida injustificadamente del gobierno al ciudadano común, que la esposa de un profesor vallenato, muy colombiana por generaciones y juntera por más señas, pasó el peor rato de su vida en puerto Colombia donde había ido en plan de vacaciones. Tercamente la retuvieron por largo rato.  El serio motivo para sospechar de  ella: tenía los ojos azules!!!
La moda femenina  en el Valle no parecía muy influenciada por Paris o Milán. Los trajes por encima de las rodillas a muchos años luz de las minifaldas. Un copete grande, doble o sencillo; o finas redecillas que mantenían en orden el cabello. Pero las muchachas vallenatas tenían mucha “dulzura y donaire…también muy bonito andar… y elegancia para el baile, alma de Valledupar”..
Quizás algo más de la mitad de los hogares pobres contaban con una parcela pequeña en tierras cercanas al Guatapurí o el Cesar donde cultivaban lo básico y mantenían pequeñas crías para el sustento de la familia. Algunos  cosechaban café y cacao en la sierra de Azúcar Buena. La sierra de Mariangola, Cominos de Valerio, los Besotes, también ofrecían oportunidades a pequeños propietarios.
Era común ver por las tardes a los que regresaban de sus rozas montados entre un atado de pasto a un lado y  leña o bastimento al otro. También a esa hora pasaban bandadas  de patos, loros o palomas.
El temor de los niños que  por alguna razón debían andar por la zona rural, siempre fue por los espantos  y el tigre. Pocos vieron alguna vez un tigre y muchísimo menos  fueron atacados por alguno, pero la fama de villano del escurridizo animal siempre acompañaba a los que transitaban por esos caminos, sobre todo al anochecer.
A propósito de tigres, cuando  ocasionalmente cazaban alguno en los alrededores,  lo traían al Cuartel de la Policía para que los ganaderos contribuyeran con algo y para mostrarlo a la gente.  Debajo de un palo de totumo en el patio de la Policía, recuerdo uno en particular que era mucho más grande de lo usual según los entendidos. Un viejo patriarca vallenato, de mucho respeto, dictaba cátedra esa mañana  sobre tigres y cacería a una multitud reunida alrededor del animal. Este tenía las pintas muy diferentes a las que mostraban  las pieles que se vendían en algunas tiendas: eran más grandes y casi cuadradas, como lo había  visto yo en revistas de historietas  que llegaban, sin fecha fija,  cada mes. Con este amplio conocimiento sobre felinos, a mis 6 años de edad, se me ocurrió decir:__”Parece un jaguar del Amazonas”.
El viejo se puso rojo, abrió los ojos y casi me gritó: “ Qué sabes tú de jaguares! “. Si el animal se hubiera despertado, mi susto  no hubiera sido tan grande! En una millonésima de segundo  recorrí los pocos metros hasta mi casa con el corazón en la mano.
Era costumbre de la época y parte fundamental  de la buena educación, el respeto  irrestricto a los mayores.

Escrito por:
GUSTAVO  HINOJOSA DAZA, MD., ORL
JULIO   2011

 
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Publicado por en julio 26, 2011 en Historia Vallenata

 

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