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LA TRADICION DE LA VIRGEN DEL ROSARIO

29 Abr

CONTADA POR  SILVIO JIMENEZ, RESIDENTE DEL BARRIO CAÑAGUATE Y VIGIA DEL  PATRIMONIO DE NUESTRAS TRADICIONES VALLENATAS.

(Fiel copia de la conversación sostenida con Silvio Jiménez y Magola Galindo en el patio cañaguatero de su residencia, ubicada en el Callejón de los Galindo el 18 de abril de 2010.)

Los vallenatos denominamos  “Convento de Santo Domingo” a una iglesia colonial, la más antigua de la región, construida ca.  1.575 por los monjes dominicos, orden religiosa que recibió el encargo de la monarquía española de evangelizar sus colonias en el continente americano en el siglo XVI.

En los años 30, el convento todavía estaba “parao”. Tenía unas paredes anchísimas que por fuera se veían obscuras, como manchadas por la lluvia y el tiempo. Tenía unos alares grandes y a los lados tenía los muros de soporte que eran tan grandes que servían para escondernos cuando jugábamos “al escondío”.  Adentro estaba lleno de murciélagos y olía a hediondo, porque la mayoría del tiempo permanecía cerrada y sólo lo abrían para Semana Santa y para la gran celebración de la Virgen del Rosario en Abril, que era la temporada más grande para esa iglesia, porque allí se celebraba la Novena de la Virgen del Rosario y toda la fiesta del 28 y el 29 allí era que se hacía. El convento tenía una tapia de 1.80 m con un portón grande de madera. En el patio había un hueco grande, como un túnel negro y lleno de murciélagos y decían que eso comunicaba por debajo de la tierra con el convento de San Francisco que quedaba en la Carrera 6 con calle 14.

“Esa fiesta era muy distinta a la de ahora. En los años 30 y 40 el primer cacique fue Paco Camarillo, hijo de Juan Estrada, personajes vallenatos del barrio Cañaguate. La cacica era Martina Camarillo y los capuchinos estaban comandados por Cristian Guerra del barrio El Cerezo. Los negros o esclavos estaban comandados por Juan Villero, Fermín Romero y Enfermo Guerra. El comandante de la guardia española era Florentino González, a quien todos llamábamos Tino.

Los oficiales de la “Fiesta de la Virgen del Rosario” en aquella época eran Eusebio Palacios “Chebo”, Lucho Suárez e Ignacio Maestre. Ellos se encargaban de recoger el dinero para cantar las “Salves” (Salve Regina, en latín) en las puertas de las casas por donde pasaba la procesión.

En esa época la procesión de la Virgen tenía tres recorridos, por los únicos barrios del Valledupar de entonces, el Cañaguate, el Cerezo y el Centro Histórico. El párroco de esa época era el sacerdote capuchino Fray Vicente de Valencia, quien estuvo en la Iglesia de la Concepción hasta finales de los años 40.

El día 30 de abril, que es el día en el cual se conmemora el milagro de la Virgen, se utiliza la Plaza Mayor (hoy Alfonso López) y representamos allí el hecho del milagro, cuando la Virgen revive a los españoles que fueron envenenados por los indios con barbasco en la laguna de Sicarare, que se localizaba en Guacoche, hoy desaparecida. (Los libros de historia dan otras versiones, pero nos atenemos a lo narrado por el entrevistado)

La procesión del 29 antiguamente se hacía por la mañana, Valledupar era muy pequeño y el recorrido sólo abarcaba la Calle 14, la 15, la 16 y la 16ª. Se sacaba la imagen original de la Virgen del Rosario, que fue regalada por los reyes de España, hace siglos. La procesión era más tradicional, los indios se vestían sencillamente en una forma exacta todos: Mantas , collares y guaireñas y eran más representativos de la tradición. Hoy día cargan mucho adorno en el vestir y eso no es tradicional. Las indias llevaban sus ofrendas de panes en forma de culebra, piñas, aguacates, mangos y todas las frutas de la región.

La diversión de los “pelaos” en esa época era cogerles las ofrendas de pan a las indias y los esclavos cuando los veían salían detrás de ellos con un machete de madera encarbonado y cogían al “pelao”, limpiaban el machete con la ropita blanca del niño y ese era el castigo. “Los que estaban encarbonados habían robado a las indias.

El grito de los indios que se hace colocando la mano sobre la boca intermitentemente para obtener un sonido característico bastante peculiar, cuya melodía llena el ambiente de la fiesta. Era una procesión hermosa, las indias iban adornadas con flores. Venían muchos indios que cumplían promesas y pertenecían a la Congregación de la Virgen del Rosario, viajaban madrugados, cabalgando en sus burros  desde Guacoche, Azúcarbuena, Los Corazones, Las Raices etc. Los guacocheros, traían además las tinajas que fabricaban en esa región para venderlas en Valledupar.

Don Angel Cabas, prestante ciudadano, ex alcalde y residente del Cañaguate ayudaba bastante en estas festividades, porque era un católico creyente, igual que don Oscar Zuleta, peluquero del pueblo y acólito en estas festividades, cuando las misas se decían en latín.

La banda de viento era dirigida por el músico Juan Villero, los músicos eran, entre otros,  Luis Antonio Cotes, Víctor Reales, Manuelito, Evaristo Morales que tocaba la trompeta. Ellos interpretaban marchas que ya no se tocan, ahora lo han convertido en un “fandango”. Se tocaba en el atrio del convento y durante el recorrido de la procesión.

No se puede comparar el tiempo de antes con el de ahora. Ha cambiado el amor, la fe en la Virgen, la unión entre la tribu comandada por el cacique. Hoy día se organiza una Junta Directiva que ordena las funciones y siempre hay actualmente controversias entre los miembros de la tribu, porque ya el cacique “no manda” como lo hacía en los tiempos de antes. Había diferencia ente el 29 y el 30 de abril: la Virgen del Rosario, la Guardia española , los indios y los negros comandaban la procesión.

Primero fue la celebración de los indios, luego se incorporó el Festival Vallenato con la tradición del Milagro de la Virgen, el día 30 de abril y de allí nace “La leyenda vallenata”.

Para las “cargas” (celebración tradicional) en la Plaza Alfonso López escogen una niña que se viste de Virgen y el comandante de la guardia española la entrena. El capitán se arrodilla y pide un milagro, entonces sale la niña disfrazada de Virgen, trae un báculo y con el bastón va tocando cada uno de loa muertos de la guardia y los va reviviendo. Cuando los indios escondidos en el monte ven eso, se espantan. El comandante va adelante y cuando va pasando un indio lo flecha y de allí viene la pelea. (Nota: Silvio Jiménez es el Presidente de la Junta Directiva de la Guardia española).

Cuando toca disparar y matan al cacique, las indias quedan solas, la guardia se apodera de ellas y las toma como sus mujeres amantes.

El comandante trae el cacique muerto a la Virgen a ver si también hace el milagro y la Virgen también lo hace revivir, entonces toda la “indiamenta” vuelve donde el cacique y al final se unen todos en una celebración de paz entre indios, negros y españoles recibiendo los aplausos de toda una plaza abarrotada de gente reunida para mirar el espectáculo. El indio es traído al convento, hoy Catedral del Rosario.

Después salen todos unidos a la casa de doña Cenobia Baute de González, hija de doña Martina Pavajeau, yerna de don Tino González, residencia localizada  en la carrera 6ª. Allí se quedan festejando con comida, tragos y se termina esta celebración de la Virgen del Rosario, rogando a Dios que el próximo año puedan nuevamente encontrarse.

Es tradición que cuando un miembro de la congregación fallece y está a Paz y Salvo con sus cuentas o sea que ha cancelado los veinte mil pesos anuales de la cuota, la congregación les hace el entierro, celebran tres misas y pagan tres años de bóveda en el Cementerio en el sitio que tienen reservado en el Cementerio Central con 12 puestos, tal como la tiene la Congregación de los Nazarenos. El cajón no lo pagan.

Silvio Jiménez, trabajador incansable por nuestro patrimonio cultural, atiende además la tradición del Corpus Christi y aclara que estas congregaciones que velan por este Patrimonio inmaterial no reciben auxilios oficiales, sólo la Fundación de la Leyenda Vallenata  colabora con los uniformes y dan una partida para la iglesia, haciendo los impresos con la programación.”

Esperamos que el estado, en un día no lejano, reconozca que el Patrimonio Cultural material e inmaterial merece todo el apoyo y la voluntad política para mantenerlo y salva

 

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